Parece que estamos en un centro comercial pero, al entrar por una puerta, el interior se asemeja más al de una especie de torreón con escaleras que ascienden alrededor de un enorme hueco por dónde caen plantas colgantes.
Huimos de una muchedumbre que la aclamaba por ser algún tipo de aristócrata.
Una vez dentro observamos por una de las ventanas cómo la gente grita para que salga. Cantan y vitorean pero, poco a poco, las letras ya no son más que mofas y absurdas rimas.
Al final la gente se dispersa.
Por una puerta entra un viejecito con un atuendo parecido al de un monje tibetano.
Para ser tan anciano se mueve muy rápido. Corre hacia donde está ella, hablando en japonés. A ella se le llenan los ojos de lágrimas. Cuando intenta hablarme yo sólo acierto a hacerle una breve reverencia tal y cómo creo que se saludan los orientales. Se da cuenta de que no entiendo lo que dice y se vuelve a dirigir a ella con tono desaprobador.
Se sientan en lo que parecen los bancos de un anfiteatro romano. Ella lleva brackets en los dientes.
- ¿Desde cuándo hablas japonés?
- Ya te lo he dicho.
- ¿Quién es él?
- Es mi hermano gemelo. Tiene 88 años.
Los ojos se le vuelven a llenar de lágrimas y esta vez yo también me pongo triste.
Por delante mío pasa un hombre con un túnica blanca. Tiene toda la pinta de un antiguo filósofo griego, pero lleva gafas para ver de cerca y tiene la cara de Sean Bean. Lee un libro y yo siento que es alguien muy importante. Me infunde un tremendo respeto. Es un emperador, un general o algo así. Lee un libro y sé que se va.
Lo llamo aunque no sé su nombre. Le tiendo la mano y cuando él hace lo propio, llevo una rodilla al suelo e inclino la cabeza. No veo bien por culpa de las lágrimas.
Se rie, pero no me molesta. Al contrario. Me llama Romeo y me cuenta las cosas que ha visto: coronaciones de reyes, caídas de imperios, batallas,…
Entonces me pregunta: “¿A qué se parece la guerra?”
De repente me doy cuenta de que un grupo de hombres vestidos de legionarios romanos detrás de él.
- ¿A qué se parece la guerra?
- A la gente - contestan.
- A la gente - repito.
- Eso es. Ahora vete a la guerra y cuéntaselo a todo el mundo.