Réquiem por Vulcano
El Uruguay de mis padres era un país rico e interesante. Vivían del dinero que habían hecho vendiendo corned beef al resto del mundo durante las dos Guerras Mundiales y la Guerra de Corea. Hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes, tenían claro que si querían ser alguien en la vida, debían estudiar. Y así nació lo que en Uruguay conocemos como la filosofía de “Mi hijo el doctor”: todos teníamos la obligación de ir a la Universidad. La educación era la llave de la felicidad.
Mis padres estudiaron una carrera, iban a ver películas de Truffaut y eran jóvenes normales de clase media, media baja. La gente hablaba bien, escribía bien y, sobre todas las cosas, generaba pensamiento. Personas como Rafael Barradas, Torres García, Mario Levrero, Mario Benedetti, Idea Vilariño o Juan Carlos Onetti son fruto de esa generación sobria, inteligente y cosmopolita.
A los resabios de ese imaginario les debo ser la mujer semi-alfabetizada que soy hoy.
La pena es que en treinta años ese mundo ha muerto. Entre la dictadura y las no políticas educativas de los sucesivos gobiernos democráticos, todo eso se acabó. Y también se acabó todo el dinero que teníamos. Y la pobreza en los bolsillos poco a poco alimentó la pobreza más chunga de todas: la pobreza intelectual. Y mientras Eduardo Galeano se hacía la foto defendiendo a los saharauis, la Biblioteca Nacional Uruguaya iba deshaciéndose un poco más. Y la pobreza intelectual crecía y crecía y crecía.
Cada vez que voy a Montevideo y enciendo la televisión siento escalofríos. Cuando cojo un periódico no entiendo en qué idioma están escritos ni con qué leyes de puntuación se rigen. Yo viví otra cosa: políticos que eran fabulosos oradores y diarios modélicos en su prosa. Y eso ya no existe más. Los últimos que pudimos mamar algo de eso, estamos en España, Estados Unidos o casi cualquier otro sitio del mundo. Y a nadie parece importarle demasiado. Una sociedad taradizada es fácil de entretener y manejar. Si algo nos enseñó Menem a todos, fue eso.
Ayer murió Mario Benedetti y con él, se muere un poco más aquel país. El de mi abuela viviendo en una provincia perdida y tocando Beethoven. De mis tías abuelas yendo a dar clase a caballo en el medio del campo. De mi padre hablándome de Walter Gropius mientras veíamos el fútbol. Ese Uruguay se muere y nadie hace nada.
Mientas leo el obituario de Benedetti, me siento Spock viendo cómo su planeta desaparece dentro de un agujero negro. Y la película se acaba, las luces se encienden y la gente se va a cenar, contenta, como si nada.